CUENTO UNO: CONFIABILIDAD

El cuento de la Confiabilidad
Romanina Croy Long

Era aún muy de madrugada cuando Gary Born Key se emplea afanosamente en dar con la solución de aquella maldita ecuación.

 

No debo dar ninguna oportunidad al azar.

 

Pero sigue maldice mientras un cálculo tras otro falla, presiona algunas teclas del ordenador y vuelve a revisar su teoría sobre la materia-energía: ¡nada!

 

Gary Born Key, vive entre cuatro paredes únicamente para su teoría, en la ciudad de Keybordgary. Mira por la ventana las luces tenues que languidecen a la alborada y escucha las bocinas sordas de los automovilistas atascados en el semáforo de la esquina. Huele al aroma podrido que llega desde unos contenedores de basura. Frunce el ceño y cierra la ventana.

 

—El caos es confiable aunque difícil de determinar —dice en voz alta mirando a la dichosa ecuación.

 

Suena el timbre. Entra una mujer joven y hermosa. Tiene el aspecto de una asiática. Con pasos cortos y sensuales recorre el espacio que hay entre ellos. Es Romanina Croy Long, la colaboradora científica de Gary. Todos los días desde hace más de diez años pasa siempre puntual bajo el quicio de la puerta de aquella habitación.

 

—Buenos días, señor Bord —dice ella con alegría mientras le da la mano. Deja un pequeño bolso en la mesa. Coge el cable del ordenador y lo introduce en la boca mientras mira la pantalla. Aparece, en segundos, cuantiosos cálculos matemáticos.

 

—Por este camino no vamos a ninguna parte —explica la señorita Croy mirando provocadoramente al señor Bord.

 

— ¿Y qué otro camino queda? —responde él.

 

—El de la emocionabilidad.

 

—Esta noche introduje el factor sensibilidad x2/f1.y2x —dice sin entusiasmo Gary Bord Key—,¿y sabes lo que sucede?: que mejora la visión confiable, y la confiabilidad audible, incluso la percepción intrapsicológica, pero, ¡nuca!, y digo ¡nunca!, mejora la emocionabilidad. Así, pues, la emoción no es un agente confiable dentro del continuo matería-energía, al menos desde el diez hasta el infinito.

 

—¡Imposible! — exclamó ella.

 

Romanina Croy Long escupe el cable, se levanta bruscamente, mira de cerca los ojos oscuros y tristes de él.

 

—¿No ves nada?

 

—¡Nada! —respondió él.

 

—¡Miras y no ves! —grita la señorita Croy.

 

—¡Manías! —chilla él—. Amor, hermosura, poesía, filosofías, creencias…

 

—¿Sabes?, ayer me di cuenta de mi amOr por ti —dice Romanina en voz baja— ¿No está así la ecuación resuelta?

 

—¡Si! —exclamó él cerrando los ojos—. ¡Claro que sí!

 

Una sensación extraña se apodera de Gery Bord Key mientras se apoya en la mesa. La pantalla del ordenador está apagada, mira temblorosamente la cara de Romanina. Fue él quien la bautizó así, como es normal hacerlo entre los robots de su propiedad. Ella parece humana, tal vez algún día lo sea. Romanina Croy Long dio unos pasos cortos y sensuales hasta la puerta.

 

—¡Chao, hasta mañana!