LA ÚLTIMA HISTORIA DE JONÁS

La última historia de Jonás
Imagen y cuento propio

Me llamo Jonás, abro los ojos en medio de la oscuridad de la noche, y escucho en el silencio al viejo reloj de bolsillo que perteneció a mi abuelo querido, un hombre cabal donde los hubiera. Permanezco ensimismado ante aquel «tic-tac» como si la propia vacuidad del tiempo me tragara:

—Tic-tac…Tic-tac…Tic-tac

De repente tengo miedo. El reloj atempera mi ansiedad con su monotonía: ¿por qué yo?; ¿por qué iba a ser tragado por nada? Soy Jonás, un hombre pequeño, un hombre vulgar, que trabaja doce horas al día vendiendo colchones látex, que tiene hijos, que está separado, que siente la presión de la vida, ¿a quién le podría interesar asustarme?

La sombra de la cortina se mueve. El día al alba despunta gris y lluvioso. Es octubre. Aquella sombra me recordó la muerte de mi abuelo. Él murió una tarde lluviosa, agarraba suavemente su reloj, como si el tiempo se hubiera roto en un instante.

— Tic-tac…Tic-tac…Tic-tac

Pensé: «Yo, Jonás, he sido raptada por la vulgaridad, tragado por ella para siempre, y deseé gritar ante aquel pertinaz pensamiento».

En el techo escuché los pasos de mi vecina, iban de un lado para otro. También ella madrugaba. Conozco a poca gente sin la esperanza de que algo especial suceda para que el día menos pensado ya no madrugue nunca más. Me vestí, y antes de salir miré por la ventana. El cristal tenía vaho y, algunas gotas de lluvia. En la calle ronronearon los coches. Miré al viejo reloj: son las siete…

Avancé con mi coche por la avenida Mario Rueda, giré a la derecha, y en un instante estuve metido en un impresionante atasco. Sonaron las bocinas por doquier, y los conductores se desesperaban. Entonces fue cuando vi algo que llamó poderosamente mi atención. Era una encina, la remolcaba una camioneta. Sus raíces me recordaron que yo no era de aquella ciudad, y que mi vida no me pertenecía. ¿Qué hacía una vieja encina en un remolque? Un árbol nunca debería dejar sus raíces fuera de la tierra.

El conductor de la camioneta pitó porque le entorpecían el paso, yo giré por una avenida larga que daba a una radial. Allí volví a encontrarme con la vieja encina, el conductor chocó contra mi coche. Escuché un enorme estruendo; luego, todo quedó en silencio, solo se oía el sonido lejano de un monótono tic-tac, que fue apagándose lentamente…

Me llamo Jonás, y he abierto los ojos en medio de la oscuridad de la noche. Creo que estoy muerto, y permanezco ensimismado como si la propia vacuidad del tiempo me hubiera tragado.

 

(c) Cuento propio (metáfora)